lunes, 19 de julio de 2010

H.A Covington, "¿Qué es el Nuevo Orden Mundial?".





¿Que es el Nuevo Orden Mundial?
[Enero de 1997]
H.A Covington
(Traducido por Bucelario)
Quienes pertenecen a todo el espectro de alternativas políticas tienden a malinterpretar en cierta medida el término Nuevo Orden Mundial, generalmente como un modo de designar al gobierno, los judíos, los trilaterales, los bancos multinacionales o, simplemente, “ellos”. El Nuevo Orden Mundial es todas esas cosas, pero no es únicamente una colección de instituciones y grupos de personas, es una idea, una genuina (si bien malvada) visión del futuro de la Humanidad. La mejor descripción que he oído es que supone la concepción de una gran plantación global de consumidores, un orden social y económico gobernado por una minúscula e inmensamente rica élite anglo-sionista, que regirá una población mundial homogénea de siervos industriales con la piel de color café, producto de la mezcla forzosa de todas las razas hoy presentes en la Tierra. Otro modo de describir el Nuevo Orden Mundial sería como el desarrollo final del capitalismo.
A lo largo de varios siglos, primero Europa, y después el resto del mundo, se han debatido entre dos filosofías contrapuestas, ambas de origen judío. El Capitalismo emerge del colapso del sistema feudal y la infiltración de banqueros hebreos y prestamistas en la economía europea durante el Renacimiento. El Marxismo, más reciente, recibe su nombre, como es sabido, del hijo del rabino de Tréveris, Karl Marx, pero tiene realmente un origen más antiguo y un tanto oscuro. Podréis haber oído historias y rumores procedentes del siglo XVII y, por supuesto, el episodio de Adam Weishaupt en el XVIII. Nunca he acabado de creer del todo en esa historia de los Iluminati, pero lo cierto es que hay elemento marxistas muy definidos en la Revolución francesa, Hebert y sus seguidores, etc.
No es este ni el momento ni el lugar para hacer una larga digresión sobre la historia e ideología de esas dos fuerzas en competencia, pero, básicamente, el Marxismo y el Capitalismo comparten su concepción materialista y esencialmente judaica de la Humanidad y la condición humana. Ambos consideran al hombre como un animal económico y ven a los seres humanos como unidades intercambiables de producción y consumo. Las personas son, meramente, componentes de la gran máquina económica que es tanto “el Mercado” como “la Dictadura del proletariado”; animales humanos que sólo tienen necesidades materiales que únicamente han de satisfacerse de forma mínima en orden a mantenerles en su función dentro de la economía. Las personas carecen de necesidades espirituales, identidad, cultura, raza, religión, aspiraciones o pensamiento independiente; existen exclusivamente para que se les instale como repuestos y trabajar hasta que se rompen o desgastan, entonces el sistema las retira, de deshace de ellas e instala una pieza de recambio.
Es esencial comprender que tal opinión acerca de la gente es propia tanto del Capitalismo como del Marxismo, porque supone una manera de entender al hombre como componente sin alma ni raza de un hormiguero humano, lo que ha significado la imposición en los países capitalistas y socialistas de la idea completamente falsa de la igualdad racial. Ambos sistemas son conscientes de que su ideología es errónea, pues los hombres no son unidades económicas sin alma con el solo propósito de trabajar, consumir y generar beneficios para la élite. Pero en lugar de aceptar la naturaleza humana y reajustar sus ideologías (así como renunciar a sus beneficios y status de élite), el Marxismo y el Capitalismo por igual buscan transformar a la Humanidad en una masa sin mente ni cultura de dóciles trabajadores de piel tostada. Por eso el Marxismo y el Capitalismo son diabólicos, por pretender recrear a la especie humana conforme a lo que, según sus ideas, hombres y mujeres deberían ser. Desafían a Dios. Como dos doctores Frankenstein moralmente dementes, el Marxismo y el Capitalismo han decidido que pueden mejorar la obra del Creador.
En la actualidad es obvio que el Marxismo per se ha perdido la competición, pero el Capitalismo ha absorbido, hasta ahora, un cierto número de aspectos referentes a la cobertura social que son propios del Marxismo y, de este modo, lo que tenemos es un nuevo tipo de miscelánea entre los dos; si bien, hay algunos signos de que el Capitalismo retorna a su forma decimonónica originaria del laissez-faire y, en el próximo siglo, su desenfrenado poder puede haber eliminado todos los rasgos del Marxismo asimilados durante la época en que estuvieron en competencia. En cualquier caso, el capitalismo se ha impuesto y se mueve a toda velocidad para obtener el control del planeta entero y sus recursos, así como para crear una flexible fuerza de trabajo de piel tostada; todo lo cual, requiere la formación de una plantación global con el objetivo de generar obscenos beneficios a niveles que el mundo jamás ha visto. Los Estados Unidos encabezan, por supuesto, este esfuerzo, y detrás de los EEUU tenemos a la estructura de poder mundial de las corporaciones.
Podemos ver una evidencia de todo ello en la creciente tendencia a la intervención militar de una esquina a otra del mundo, lo que es, realmente, un tipo de conquista gradual; los cascos azules acuden a “establecer la paz” y, por alguna razón, nunca son capaces de hacerlo. Podemos verlo en el virtual abandono de cualquier clase de control de la inmigración en Norteamérica y toda Europa; los países blancos se ven inundados por el fango del Tercer Mundo y podemos observar ya las referencias en los medios de comunicación a “eliminar el racismo mediante la eliminación de la raza”, es decir, la mezcla racial masiva y obligatoria. Podemos verlo en la forzosa unificación de Europa, en NAFTA y GATT, en el saqueo de Rusia y los países de Europa del Este a manos de bucaneros empresariales, en… bueno, os hacéis una idea. Todo esto ocurre a nuestro alrededor. Cuando estudiéis las noticias desde este punto vista, os daréis cuenta que muchos acontecimientos repentinos empiezan a cobrar sentido.
El papel de los judíos en este proceso no debería ignorarse, pero tampoco sobrevalorarse. Son una parte significativa del problema, pero no íntegramente el problema (En esencia, el problema radica en la debilidad espiritual y la confusión que moran en el interior de los hombres blancos de todo el mundo; una vez el blanco cambie su modo de pensar y recobre su antiguo coraje, nuestra victoria será una certeza).
Para el ario hay una sola alternativa. La vimos en como el Tercer Reich y la nación alemana se negaron durante doce gloriosos años a actuar como ratas en un laberinto a cambio de un pedazo de queso. En 1933, los alemanes “escaparon de la plantación”, lo que llevó al mundo entero a forzarlos a regresar. Pero los tiempos han cambiado y el Nuevo Orden Mundial es, de hecho, más débil, desorganizado, corrupto, confuso e incapaz de sofocar rebeliones de lo que era en 1939. El Nacional Socialismo sobrevive incluso en Alemania, a pesar de la más implacable persecución. Al igual que el Marxismo, el zozobrante capitalismo no hace lo que tiene que hacer, por más que cumpla con su función de una manera más eficaz, pero será sólo por un tiempo limitado. El Nuevo Orden Mundial ha comenzado a dar muestras de torpeza. Si me lo permitís, acabaré con una paráfrasis de la vieja propaganda marxista: “Puedes pensar que los nacionalsocialistas chocamos la cabeza contra un muro. Y eso hacemos, pero si el muro está en mal estado se le derribará con unos pocos golpes firmes”.

H.A Covington, "El Campesino de América".





El Campesino de América
H.A Covington

(Traducido por Bucelario)
Una de mis aficiones es la historia medieval. Hace algunos años, mientras leía un erudito volumen sobre la Edad Media, encontré una traducción de un libro de texto que se solía usar a fin de que los niños de la nobleza aprendiesen a leer, una especie de “See Dick and Jane” del siglo XIV. El libro hacía una descripción de todas las variedades sociales existentes en el mundo medieval y sus funciones: el rey gobierna por derecho divino, el noble imparte justicia y da protección a su pueblo, el caballero acomete hazañas en nombre de la dama amada, el cura intercede ante Dios por las almas de los hombres, el mercader trae productos de tierras extranjeras. Continúa en línea descendente con comerciantes tales como tejedores, carniceros, panaderos y así sucesivamente. Os formáis una imagen del cuadro.
Y, al final de todo, había una única sentencia, añadida casi como si no fuese más que una mera ocurrencia, que describía a la gente que en aquellos tiempos suponía, cuando menos, el 90% de la población. Era una frase que ha permanecido en mi mente desde ese día: “Y el campesino labora para que todos ellos dispongan de sustento”.
No puedo concebir una manera mejor de describir el actual papel del hombre blanco (y de muchas mujeres blancas, a excepción de la clase funcionarial femenina creada por el artificio de la acción afirmativa). Somos campesinos. Nuestra función en la sociedad es simple. El campesino trabaja para que otros puedan comer. Los blancos fabrican y conducen los camiones que transportan los bienes de consumo, las manufacturas y los paquetes de comida basura, mantienen las centrales eléctricas que hacen funcionar el aire acondicionado y la televisión, talan los árboles y fabrican el papel que posibilita la actividad de la burocracia. Los policías y soldados blancos portan armas y aprietan el gatillo por el ZOG con suma lealtad, a lo largo y ancho del mundo. Por encima de todo, los hombres blancos pagan la mayor parte de los impuestos que mantienen a flote todo este putrefacto sistema.
Somos siervos en la gran hacienda mundial del consumo, producimos la riqueza y nos ocupamos del funcionamiento de todo, mientras nuestros múltiples señores se sientan en la veranda a comer y beber los productos de nuestra labor y a maquinar sus pequeñas intrigas sin sentido. Como todos los campesinos, estamos privados de peso en el proceso político. Nuestro papel es trabajar para que todos ellos coman, al tiempo que aceptar con gratitud tanto los bienes de consumo como que nuestros pensamientos se centren sencillamente en llenar nuestros platos, arrastrarnos, bailar claqué, apartar el pelo de la frente, votar la opción señalada por nuestros superiores naturales –los liberales-, y aplicar nuestros labios de la manera prescrita en cualquiera de las nalgas que nos presenten. Finalmente, hemos de mantener nuestras mentes absolutamente limpias de la menor duda impura o pensamiento racista.
Pero los campesinos han estado planeando la revuelta. Pensad en la guillotina, amigos míos, con una pirámide de cabezas en los escalones del Capitolio más grande que las de Tamerlán. Pensad en patíbulos sobre el césped de la Casa Blanca, con hileras de cadáveres vestidos con trajes de mil dólares y pedicura en los pies que el viento mece con levedad. Los franceses lo hicieron. Los rusos lo hicieron. Los alemanes lo hicieron. E incluso los iraquíes y los iraníes lo hicieron. Así que nosotros lo haremos.

jueves, 8 de julio de 2010

H.A Covington, "Nuestro Socialismo".





Nuestro Socialismo
H.A Covington
(Traducido por Bucelario)
Esta semana voy a hablar de algo que parece ser causa de inquietud y curiosidad; ese algo es por qué usamos el término socialismo en el nombre de lo que es nuestro partido y cosmovisión: el Nacionalsocialismo. En honor a la verdad, el uso de tal palabra no suele preocupar en el mundo de hoy tanto como hace varios años, cuando había más elementos conservadores en el Movimiento, pero todavía pasa. Aún hay personas a las que la palabra socialismo les sugiere visiones del Kremlin y son incapaces de abandonar esta idea, aun cuando es completamente incorrecta. A consecuencia de ésto, hay gente que, ocasionalmente, se rasga las vestiduras y nos tacha de comunistas. Pero existe una razón muy clara de por qué esa palabra forma la segunda parte de nuestro nombre.
En primer lugar, trataré de explicar que hay muy diferentes clases de socialismo. Probablemente, os será más familiar el tipo conocido como Comunismo, formulado por el judío Karl Marx a mediados del siglo XIX. Tenemos una versión apacible, la Socialdemocracia, aquello que aquí, en América, denominamos Liberalismo; los principios son los mismos; básicamente, los liberales son auténticos marxistas sin el valor de atenerse a sus convicciones. Se puede decir que los liberales son marxistas descafeinados. Después, están las variadas y extrañas versiones ultraizquierdistas del Marxismo, como las puestas en práctica en Corea del Norte, la China comunista, Perú, etc. En su mayoría, los muchos tipos de las así llamadas filosofías socialistas no son, en realidad, más que alguna variante del Marxismo. Por ese motivo, el Nacionalsocialismo difiere de todas ellas, ya que nuestro socialismo no se basa en los escritos del judío Marx, sino en el carácter de nuestra raza aria.
El socialismo marxista o comunismo es, en esencia, la otra cara de la moneda del capitalismo, en torno a lo cual he disertado con anterioridad. Al igual que el capitalismo, el marxismo sostiene que el hombre es fundamentalmente una unidad económica de producción y consumo, una pieza en el engranaje de una gran maquinaria, pieza que precisa ser alimentada, lubricada, mantenida y, luego, desechada cuando ya no pueda cumplir más con la función asignada. Sí, sé que he dicho esto antes, y, posiblemente, algunos de vosotros ya estéis aburridos del tema, pero voy a empecinarme en repetirlo, pero no hay lección más importante para vosotros que aquello que respecta al carácter de la sociedad actual. El nuestro es un combate dilatado en el tiempo de la espiritualidad y el idealismo contra el materialismo y las dos fuerzas que han determinado el siglo XX y que en buena medida aún controlan nuestro destino: el Comunismo y el Capitalismo, ambos filosofías profundamente materialistas. Y es aquí donde el Nacional Socialismo difiere enormemente de los dos: el Nacional Socialismo se basa en el hombre, mientras que éstos se basan en la materia.
En todo caso, para regresar a la cuestión central, nuestro socialismo no es materialista ni económico. Se basa en el hoy casi obsoleto concepto de deber social, la idea de que ningún hombre es una isla y junto a derechos, todos tenemos deberes y obligaciones para con nuestra comunidad, cultura y la estirpe en que hemos nacido. Esta idea solía estar comúnmente aceptada y nadie la cuestionaba; ahora, ha desaparecido virtualmente de nuestra vida nacional. Nuestro socialismo enseña que hay algo más importante en la vida que la frenética persecución de trozos de papel verde y la seguridad y el placer que esos trozos de papel pueden proporcionar. Nuestro socialismo es el del hombre que no sienta a mirar como arde la casa de su vecino y ayuda a pagar el fuego.
Estamos en una situación terrible desde hace tiempo porque hemos decidido que cada uno de nosotros puede tomar su propio camino y mandar al infierno a todos los demás. Los blancos hemos determinado despojarnos voluntariamente de nuestra identidad racial y cultural porque interfiere con el hecho de ganar dinero. Al hacerlo, hemos devenido exactamente en lo que el sistema capitalista quiere que seamos: unidades económicas de producción y consumo, y nada más. Pero no hemos nacido como seres sin rostro, raza o cultura, únicamente aptos para trabajar y comprar en el mercado. La raza y la espiritualidad son genéticas, están en nuestra sangre, y esas cualidades forman, en nosotros mismos, un tipo de socialismo, pues establecen un nexo entre todos los pueblos de raza aria. Nuestro socialismo es, ante todo, una clase de sentido comunitario que la gente ha manifestado siempre en las sociedades arias sanas.
Segundo, hay una diferencia entre el gran gobierno como lo definen los liberales y los socialistas rojos (es decir, lo que ahora tenemos en este país) y los gobiernos responsables. Al mismo tiempo que el Nacional Socialismo no cree en un estado del bienestar vitalicio y apoya la libre empresa, entendemos y pensamos que el estado tiene ciertas obligaciones morales, económicas y políticas hacia sus ciudadanos.
No hay que caer nunca en la trampa del así llamado Libertarismo. El Libertarismo no es, básicamente, más que una avanzada moral del peor tipo de laissez-faire, de los bucaneros del monopolio capitalista al estilo del siglo XIX. Los libertarios[1] preconizan la idea de que el estado ha de mantenerse débil y tan cercano a la inexistencia como sea posible; por esa razón, algunos los tildan de anarquistas, cosa que no son. Son capitalistas. Pienso que la mayoría de los libertarios saben perfectamente lo que ocurriría si el estado se debilitase o desapareciese: perderíamos la libertad; aquello que tendríamos sería un conjunto de grandes empresas multinacionales que intervendrían para llenar ese espacio. Desechemos esa idea libertaria de que el estado es siempre malo; eso depende por entero de quien controla dicho estado y con qué propósito entra en funcionamiento la maquinaria estatal.
En una sociedad aria, el estado tiene derechos y obligaciones para con el pueblo ario que van más allá del mantenimiento de infraestructuras, el ejército y el servicio postal. El estado está en la obligación de asegurar a cada cual el derecho a un trabajo, a ganarse la vida y un sustento para su familia en paz y seguridad. Además, el estado el deber de asegurarse de que haya trabajo; que la economía común marcha lo suficientemente bien y de manera competente para producir empleo y prosperidad. El estado tiene la obligación de asegurarse de que no haya ciudadano al que, por carecer de dinero, se niegue la necesaria atención médica. El estado está obligado a asegurarse de que cada uno de sus ciudadanos posee una vivienda decente y accesible. El estado tiene la obligación de procurar que los niños arios dispongan de un ambiente limpio, seguro y agradable en el que crecer. El estado tiene como deber que ningún ario sufra a causa del frío, el hambre o la privación en su vejez.
No hay nada malo en esos deberes y en usar el dinero de los impuestos para aplicarlos, en la medida en que se establezcan por y para los blancos. Tenéis que entender que, como cualquier otra cosa en el subcontinente norteamericano, lo que llamamos asistencia social y políticas socializantes son una cuestión racial. Hay que recordar siempre que todo en América tiene un sentido racial. Actualmente, la asistencia social supone un problema debido a que los receptores de todas esas prestaciones sociales y estafas son, en una mayoría aplastante, negros o bien, cada vez más, inmigrantes de piel oscura procedentes del Tercer Mundo.
Los negros y los inmigrantes tercermundistas son los culpables casi en exclusiva de los excesos del estado asistencial. En el área de servicios sociales, como en cualquier otro aspecto de la vida americana, las vastas reformas que habría que efectuar para que nuestra sociedad se zafase de los negros y otros no blancos suponen algo que da vértigo a la mente cuando te pones a pensar en ello.
Si bien, la mentalidad de dependencia de la ayuda social aparece ocasionalmente entre los blancos –sobre todo en Europa-, ésta desaparecería una vez esas personas vivieran en estados comunitarios y volviesen a sentir interés por la sociedad en la que viven, que comprobasen que el estado funciona por y para la gente blanca, para el bien común de la raza y la nación; y no sólo como un ladrón de los monederos de la gente honesta para regalar el dinero a cualquiera que tenga una piel negra u oscura. Sin duda, muchos blancos han desarrollado una actitud errónea con respecto a la asistencia social y los cupones de comida. Miran a su alrededor y ven a negros, mejicanos, camboyanos, filipinos y Dios sabe qué recibiendo todo ese botín del gobierno y sacan sus conclusiones: “Hey, ¿por qué no debería hacer lo mismo?”. No es, desde luego, la mejor actitud del mundo, pero es comprensible.
En la Alemania nacionalsocialista, tras la revolución de 1933, ni un solo niño alemán padecía hambre, ni una sola familia alemán carecía de casa, ningún trabajador estaba desempleado más allá de un año después del triunfo del Führer y el NSDAP. La nación al completo colaboraba con el programa de Auxilio de Invierno y donaba cosas como un puchero de comida dos veces a la semana, hasta que la economía estuvo bien apuntalada y Alemania volvió al trabajo. Los sindicatos marxistas quedaron abolidos y un genuino Frente del Trabajo se estableció para representar a todos los trabajadores alemanes; tuvo un éxito tan grande que la industria alemán funcionó a pleno rendimiento para el esfuerzo bélico hasta 1945 y las tropas aliadas invasoras encontraron líneas de fábricas que aún producían suministros y munición. Obreros descontentos u oprimidos no muestran semejante entrega. Toda una estructura de servicios sociales se levantó para a fin de apoyar a la familia alemana y dotar de orden, paz y tranquilidad a la sociedad alemana, y estuvo en activo hasta fecha tan tardía como 1945. Se creó un Servicio de Trabajo del Reich que construyó las autopistas que todavía están en uso y reclamó al mar y los pantanos millones de acres de tierra cultivable con la que alimentar al pueblo alemán. Las prestaciones médicas y los cuidados infantiles eran los mejores del mundo en aquella época. Problemas sociales como el divorcio, el alcoholismo y la homosexualidad virtualmente desaparecieron.
Eso es el verdadero socialismo en acción.



[1] El Partido Libertario de los Estados Unidos, como explica Covington, no es un partido anarquista. Aboga por un papel determinante del individuo y la menor intervención posible del estado en la vida pública, pero no tiene relación con la ideología anarcosindicalista elaborada por Mijail Bakunin y el príncipe Kropotkin. Son dos fenómenos políticos diferentes, por más que la palabra “libertario” sea sinónimo de anarquista en el ámbito hispanohablante (N. del T.).